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Biografía de un SueñoEn una tarde imborrable, un animal de 300 kilos le espantó de una sola
embestida su sueño de torero. Nace un anhelo De la misma manera como aparecen sus esculturas monumentales, que a partir del apunte toman cuerpo en dócil cerámica y luego son materia colosal. abrasada en el horno y cargada de brillas y de formas, nació la idea de una donación que fue, al principio, noble sentimiento, luego empeño generoso y después esperanzadora realidad. En el origen de este hermoso itinerario, subyace ese apego de Fernando Botero a su tierra, como nostalgia e inspiración, como indestructible cordón umbilical. En la cumbre de un éxito personal que nunca ha llegado a estropear el espíritu sencillo y descomplicado del artista, comenzó a gestarse la Donación Botero.. El 12 de julio de 1974, el recinto de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín estaba colmado de asistentes, entre quienes se destacaban el Maestro Pedro Nel Gómez, la crítica de arte Marta Traba y varios artistas intelectuales de la época. Se inauguraba una Sala de Arte con una muestra fragmentada de la obra de Fernando Botero, quien se dirigía al público a través del, micrófono. En ese momento alzó la voz Teresa Santamaría de González, una mujer intelectual y culturalmente adelantada a su tiempo, y que había rescatado el Museo de Antioquía del desván en el que agonizaba, y le preguntó a Botero si podría venderle al Museo una obra pagadera por cuotas, de la misma manera como los almacenes de telas del centro de la ciudad lo hacían con sus clientes. Y agregó con mucha gracia: “O mejor por club,a ver si nos lo ganamos”. La propuesta originó risas entre los asistentes y una respuesta inmediata y generosa de Fernando Botero. Allí comenzó a concebirse una donación de obras que, 23 años después, permitiría nombrar a Medellín como la Ciudad de Botero y señalaría a Colombia como la cuna de uno de los grandes maestros del arte contemporáneo. Fue así como llegó a Medellín un guacal, el primero, que contenía “La
Plegaria”, un óleo cargado de humor e ironía y con el cual Botero participó
en la Bienal de Arte de Coltejer, en 1970. La primera Sala Ese mismo año y a raíz de la condecoración que el Gobierno Venezolano le impuso a Botero, con ocasión de una retrospectiva de su obra, el periodista Darío Arizmendi, por aquella época Jefe de Redacción del periódico El Colombiano de Medellín, sostuvo una charla con el artista, quien estimó en unas quinientas las obras ejecutadas por él hasta entonces, no todas adquiridas, ya que había decidido guardar quince de ellas en una caja fuerte en Nueva York, para su propia colección. “...o para...” agregó con ademán de soñador; dos palabras que se perdieron en el aire, cortadas por su propia risa nerviosa. El periodista, inquisitivo, logró llevarlo otra vez del pensamiento:
a las palabras y Botero hablo entonces de regalar esas obras a su ciudad.
Aquello era apenas una idea, o como él mismo aclaró, “pensamientos
que se le pasan a uno por la cabeza”. Después de inaugurada la retrospectiva
en Caracas, dijo que no lo amargaba el hecho de ser condecorado por un
país extranjero antes que por el suyo y que le gustaría llevar la exposición
a Medellín, su ciudad natal, donde, paradójicamente, no se le conocía
de verdad. Una frase expresó la generosidad de su propuesta: “No cobro
nada y ningún cuadro esta para la venta”. Lo que comenzó como la organización de una exposición, se transformó, gracias a la insistente promesa, en donación. Botero declaró que si el Museo de Antioquía fuera remodelado y ampliado y si una de sus salas fuese bautizada con el nombre de su hijo Pedrito, muerto trágicamente, estaría dispuesto a donar a Medellín algunas de las quince obras que tenían para él, no sólo un valor artístico, sino sentimental. Así pues, la idea que el mismo Botero había considerado como “algo alocada”, se convirtió en realidad , y e1 1de agosto de 1976, el artista vino a Medellín a confirmar la donación de quince de sus obras más representativas, que quedarían en aquella sala y guardarían, para siempre, la memoria de Pedrito . La directora del Museo asumió aquello como una orden manifiesta y de inmediato convocó al Alcalde de la ciudad, Víctor Cárdenas Jaramillo, quien aceptó el desafío de remodelar el Museo, mediante una asignación inicial de tres millones de pesos. La firma Arquitectos S.A. donó los diseños y Bernal Llano Arquitectos
se encargó de la construcción, sin ningún cobro por concepto de honorarios.
Crece la Donación El 23 de septiembre de 1976 llegó el primer envío de pinturas, como culminación de una verdadera odisea en la que nada fue fácil, ya que implicó desde negociar con el Estado, los absurdos aranceles exigidos nada menos que a un patrimonio artístico, de beneficio para la comunidad, hasta la lucha para evitar que los guacales permanecieran en un patio, a la intemperie. La empresa Avianca se hizo cargo del valor del flete, valorado en 23 mil pesos, y un grupo de compañías asumió el seguro de transporte. El valor de las obras se estimó en diez millones de pesos. Durante varios días, el propio Botero se enclaustró en su sala para colgar personalmente las obras, en largas jornadas de trabajo, que interrumpía brevemente para comer algo sencillo, que le traían de algún café vecino. Quienes estuvieron a su lado, recuerdan que al anochecer bebía ron para
mitigar la fatiga del día. Como reacción típica en un país de leyes, la propuesta no tardó en desatar una encendida polémica que se prolongó durante años y que involucró a políticos, gobernantes, editorialistas, columnistas, intelectuales y ciudadanos comunes; hasta Germán Zea Hernández, entonces Ministro de Gobierno, se convirtió en encarnizad opositor. Los amigos del apellido Zea se enfrentaron a los amigos del arte. El debate se convirtió en asunto de Estado; nunca antes se había hablado tanto del Museo, como en aquella ocasión, ni aun en las continuas crisis que lo ponían al borde del cierre por la indiferencia de gobernantes y ciudadanos. Resultaba irónico que en su afán de oponerse al cambio de nombre, los detractores que decían defender la memoria del prócer Francisco Antonio Zea, ignoraban el hecho de que la casa donde él nació, se caía a pedazos, solitaria y abandonada, a escasos metros del Museo. Quienes se afanaban por abrir el Museo al mundo del arte, insistían en el cambio de nombre. Si la última sentencia se inclinaba por el apellido del prócer, Antioquía perdería las esculturas y Bogotá ganaría la posibilidad de un Museo Botero. “Todo depende de la sala que se construya en el Museo de Antioquía. Si hay espacio suficiente, las veinte esculturas no tardarán en llegar”. De polémica a Sala de Esculturas Mientras tanto, el 15 de noviembre de 1977, Botero mostró sus esculturas por primera vez en el Grand Palais de París, lo que significaba comenzar en el lugar en donde terminan los escultores consagrados. La singular noticia aumentó el interés de muchos y se pensó, entonces, que ahora con mayor razón había que complementar la Sala Pedrito Botero, con una sala de esculturas. Pero la promesa de donación no fue suficiente para obrar el milagro. Vinieron siete años de polémicas, registradas en un voluminoso archivo de prensa que da cuenta de la miopía de algunos y de la visión de otros. Para entonces María Eugenia Villa era la Directora del Museo y, en consecuencia,
la encargada de dar la contienda. Luego tomó el mando Lucía Montoya, a
quien le tocó culminar el proceso. El 30 de agosto de 1984, un poco más de un siglo después de haber sido fundada, se reabrió la institución con el nombre de Museo de Antioquía, gracias al uso de plenas facultades de la Junta Directiva y una determinación tomada contra todos los vientos; no obstante la decisión fue demandada ante el Consejo de Estado, el fallo en favor del Museo dio paso a su extraordinaria transformación. La remodelación tuvo un costo de veinte millones de pesos y fue la Cooperativa de Habitaciones, amparada en un decreto basado en aportes para las artes, la que donó los diseños y se encargó de las obras civiles. La noche de la inauguración de la nueva sala, Botero dijo: “Mi intención con el cambio de nombre era conmover a los antioqueños con el espíritu regional. Creo que el nombre es la base del éxito de algo. Por ahora, lo más importante son los planes para ampliar el Museo...” Vuelve la frase promesa a quedarse en el ambiente durante los siguientes doce años. Quedó manifiesto el anhelo repetido verbalmente, una y otra vez, por el Maestro Botero, en su generosa intención de dejar lo más representativo de su acervo, más que al Museo de Antioquía, a su tierra y a su gente. Voluntad política En 1997, las directivas del Museo hicieron una valiente reflexión frente al papel de la entidad, máxime cuando se acercaba un nuevo siglo y se vivía uno de los momentos más difíciles de nuestra historia regional y nacional. Para entonces sólo se contaba con 1.150 metros cuadrados de área de exposición, con capacidad para exhibir un 10% de las colecciones, mientras disminuía el número de visitantes, cuya cifra, en 1996, fue de 33.000 personas, equivalente a un 0.6% de la población de Antioquía y a un 0.3% de los estudiantes de la región. Los recursos humanos, técnicos y económicos eran insuficientes, fuera de que mediante la Constitución Política de 1991, habían sido suprimidos los auxilios, y el Museo no contaba con suficientes rentas estables que aseguraran su sostenimiento. La institución no sólo afrontaba un déficit financiero, sino que no contaba con el presupuesto para continuar operando. El hecho de que la entidad, anclada en el pasado, era insuficiente para una ciudad y un departamento que crecían desmesuradamente, la obligaban a cambiar de manera integral, ampliando sus espacios y garantizando los recursos para el cumplimiento de su misión. La determinación se le comunicó al Maestro Botero con la intención de
concretar su vieja y reiterada promesa. De inmediato Botero se comprometió
con la donación de tres nuevas salas, y un millón de dólares para ayudar
en la construcción o remodelación de una nueva sede. Un lugar de reposo y contemplación. Si el Municipio o la Gobernación donaran un lote realmente importante en tamaño y en ubicación, se podría construir un museo sobre los planos ganadores de un concurso arquitectónico. Si este proyecto se inicia con el deseo de hacer algo realmente grande, como lo merece la ciudad, yo estaría dispuesto a hacer una donación de una nueva sala de pintura, otra de escultura y una de dibujo y contribuiría con un millón de dólares, al presupuesto de la construcción del edificio. Cualquier otra idea de cómo mejorar el Museo contará también con alguna colaboración de mi parte. Atentamente, FERNANDO BOTERO De allí en adelante el tema de una nueva sede para el Museo desató una viva discusión apoyada por los medios de comunicación. Se pensó en un gran proyecto y se estudiaron alrededor de veinte posibilidades de sede. El Gobernador Álvaro Uribe Vélez propuso varios edificios y una de sus ideas fue convertir las once cuadras de la Fábrica de Licores de Antioquía en un parque cultural; el Alcalde Sergio Naranjo se inclinó, entre otras propuestas, por el antiguo Palacio Municipal. En medio de múltiples debates suscitados en escenarios políticos, académicos y privados, el Museo volvió a estar en boca de todos, como indicio prometedor de su renacimiento. Corría el último semestre de los gobiernos departamental y municipal, época poco propicia para iniciar grandes proyectos, máxime cuando ya se estaba en pleno debate de campañas políticas. El tema sirvió a los candidatos para el discurso demagógico, el ataque gratuito o el compromiso real. Juan Gómez Martínez, quien buscaba por segunda vez la Alcaldía de Medellín; incluyó el cambio de sede del Museo en su programa electoral. El 1ro. de enero de 1998 se posesionó como Alcalde de Medellín y, desde las primeras semanas de su gobierno, se comenzó a estudiar el proyecto. Zoraida Gaviria, Directora de Planeación, cumplió con el deseo del Alcalde de convertir el cambio de sede del Museo en un revitalizador del centro de Medellín, como uno de los empeños de su plan de desarrollo de la ciudad. Después de seis meses de conversaciones y propuestas, aún no se llegaba
a una decisión y fue entonces cuando el Alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa,
propuso a Botero construir un museo destinado exclusivamente para sus
obras. Paralelamente se iniciaron procesos de compra y demolición de los inmuebles vecinos, para la construcción de la Plaza Botero, un espacio de 7.000 metros cuadrados, y ubicar en él 14 esculturas monumentales de Fernando Botero. La idea general tomó su nombre técnico: “Proyecto de intervención urbana de la zona de la Veracruz y reubicación del Museo de Antioquía”, con el arquitecto Tulio Gómez Tapias como gerente y la Promotora Inmobiliaria de Medellín, como entidad encargada de la negociación de los inmuebles, de la renovación arquitectónica del Museo y de la construcción de la Plaza. Comenzó un histórico momento para la ciudad. El Alcalde y sus funcionarios no ahorraron esfuerzo para culminar un proceso que planteó varias dificultades desde muy diversos ángulos. Buena parte de los ciudadanos miraron, entre emocionados y perplejos, la desaparición de antiguas edificaciones, situación que coincidió con el arribo de los guacales con su maravilloso contenido de obras de arte. Dos enemigos: la ignorancia de un lado, y el límite de tiempo del otro,
parecían conspirar cada uno a su manera, el primero impidiendo la comprensión
cabal de los objetivos sociales del proyecto, y el segundo obligando a
comprimir un programa de estas dimensiones, en escasos e insuficientes
18 meses. Esta es la breve historia de cómo revivió un museo en medio de una ciudad aporreada por la violencia irracional. La zona a su alrededor floreció, y construcciones ruinosas cedieron su lugar a una plaza poblada de esculturas. El Museo creció para llenar sus nuevos espacios de niños fascinados ante su propia y desconocida historia, y de adultos que habrán de descubrir un mundo de sensaciones que hasta ahora les han sido negadas.
Lo que no imaginaba entonces era que un día regresaría, cubierto de gloria, a dejarle este legado que la enaltece y la dignifica. En algún lugar del universo, Flora Angulo sabe que no le falló su intuición materna.
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