Los
restos de la poetisa argentina Olga Orozco, fallecida a los 79 años a un paro
cardíaco, fueron enterrados en un cementerio privado de las afueras de Buenos
Aires durante una ceremonia breve y desprovista de solemnidades.
Orozco,
una de las máximas exponentes de
la poesía latinoamericana contemporánea, pasó sus últimos días en una clínica
de la capital argentina, donde falleció la noche del domingo tras haber sido
sometida a varias operaciones por una afección circulatoria.
La
poetisa, que también fue galardonada en México, rehuyó de las entrevistas,
de la publicidad y las fiestas. Fiel a ese estilo no quiso recibir visitas en
la clínica, donde estuvo dos meses, y dio órdenes precisas para que no se
informara a la prensa sobre su enfermedad.
“No
me gustan las entrevistas. Es suficiente con mis libros. Lo anecdótico carece
de valor”, supo decir ante una petición de un periodista, tal vez pensando,
como escribió, que “los dioses mueren para ser inmortales y volver a
encender, en un día cualquiera, el polvo y los escombros”.
Orozco
había nacido el 17 de marzo de 1920 en Toay, un pequeño pueblo de
agricultores, a unos 550 kilómetros al suroeste de Buenos Aires, y con su
primer libro “Desde lejos”, editado en 1946, destacó dentro del
movimiento surrealista y recibió elogios de la crítica especializada.
Entre
los numerosos libros de poemas publicados figuran “Las Muertes”, en 1952;
“Los juegos peligrosos”, en 1962 y que recibió al año siguiente el
primer premio del municipio de Buenos Aires; “museos salvajes”, en 1974; y
“Cantos a Bernice”, en 1977, considerada su obra cumbre.
En
1971 la Fundación Argentina para la poesía la distinguió con su premio de
Honor y en 1973 recibió el máximo galardón del municipio de Buenos Aires
por “Y el humo de tu incendio está subiendo”, la única obra de teatro
que se le conoce y que nunca ha sido llevada al escenario.
En
1980, en el acto donde recibió el Gran Premio del Fondo Nacional de las
artes. Orozco describió con admirable claridad lo que significaba ser poeta:
“Es sentirse incompleto, limitado y prisionero en este yo y en esta realidad
tangible, frente a un universo desconocido que nos excede”.
“Ser
poeta – agregó – es también una incesante, una continua búsqueda. Es
buscar, por medio de operaciones simbólicas, la recuperación de una unidad
perdida, de la libertad esencial en la que es posible vivir todas las
metamorfosis, todos los tiempos, todas las asociaciones.”