El
mundo es ancho, sin duda, y más que ancho ajeno, lejano, mítico e
inalcanzable. Aunque a veces, lo lejano se acerca, lo ajeno se nos ofrece y
los mitos se nos acercan sin maquillaje y pidiéndonos una copa. Algo así
sucedió con la presencia de Christian Camerlynck durante los últimos días
de mayo y los primeros de junio en el Teatro Nacional, Bellas Artes y entre
las cinco o seis cuadras que los separan. Un simpático actor y cantante francés,
que fue testigo del memorable mayo del 68, y que levanta también el
estandarte de la imaginación al poder, perfectamente podría haber
llegado a nuestras costas en bicicleta, de polizón en un barco carguero o
naufrago de una catástrofe de dimensiones poéticas. Pero no, él simplemente
fue invitado por la Alianza Francesa, la Embajada Francesa y el programa
Unidos por la cultura para compartir con los actores dominicanos sus
conocimientos sobre técnicas vocales y deleitar a un público sensible con un
recital de canciones francesas en el bar del teatro, acompañado por el
maestro Geraldes.
Antes de ser artista simplemente vivía en una provincia al norte de
Francia y nació un año antes que acabara la Segunda Guerra Mundial,
obviamente: 1945. No tuvo ninguna educación formal en el arte, fue obrero en
una fábrica de cerveza, se crió en un ambiente de músicos pues su abuelo
tocaba el órgano y su madre cantaba en las bodas, su primer contacto con el
espectáculo lo tuvo el día que llegó a su casa el primer aparato televisión
del pueblo ya que pudo ver películas, recitales, óperas y una mañana gris
decidió marcharse a París donde cantó y actuó en cabarets. Donde descubrió
que la poesía va a salvar el mundo, que hay que sensibilizar a los obreros
con la música, la pintura..., donde se convirtió en un militante del arte.
La vida lo fue llevando de escenario en escenario, se dedicó a investigar la
relación entre el teatro y la canción, descubrió técnicas novedosas para
educar la voz y aprender el francés prestando más atención al sonido que al
sentido, fue director teatral y profesor.
Anduvo por Venezuela y hasta trabajó con la gente de Rajatabla. En fin
navegó por los mares del mundo en su barco de utopía artística como un
poeta medieval: cantando su milagro, su descubrimiento, aunque a diferencia de
su compatriota Villón, no muere de sed frente a la fuente, sino que bendice
el agua en toda su grandeza poética, para que el delgado hilo que une al ser
humano con el arte no termine por cortarse.