Devastación
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Lupo Hernández Rueda: Devastación

I

La Tortuga abrió los ojos en el agua,
tocó la tierra abandonada
y dejó allí sus huevos para siempre.

La tierra estaba abierta y vacía.

Sola, solísima
                la costa.

Solo
y soleado
                el mar.

La posesión estaba abierta
y vacía, pie
para el corsario
y el negrero,
para la nave bucanera
que ancló allí
y no partió jamás.

II

Nada. Nada humano.
Sólo desolación.
Sólo el mar y las aves en la costa.
Muerte, sólo muerte,
pero muerte-abandono.
Bestias y hombres,
sueños cántaros alforjas bagatelas
lunas asnos crianzas algodones
fiebres disgustos malquerencias, todo,
todos partieron sin regreso.
¡El mar, ay, la mar!
Partieron tierra adentro, río arriba,
el camino deshecho,
la luna disgustada.
Todos, todos partieron sin regreso.
El Morro quedó solo y vacío.
Puerto, puerto cristi,
monte, platamonte, Monte Plata.
Baya, Bayahá,
Yaguana, Bayaguana.
El viento recogía protestas y lamentos:
"¡Ay, la mar,
cómo duele la mar!
¡Ay, Felipe, qué importa la corona!
¡Te parta un rayo, Osorio!
¡Que se pudra el comercio de Las Indias!"
"¡Ay, España, apártate!
¿Por qué llamarme La Española?
Tu castigo no es muerte, pero es muerte.
Esta muerte es torpeza.
Esta muerte abandono es agonía.
"¡Ay, España, deja
que este lamento te persiga!"

III

Desde arriba miré devastación, lágrimas, maldiciones, protestas,
y vi como dormían jumentos y aldeanos,
peces y soldados con fiebre.
Los que huyeron al mar
o a las montañas,
los que alzaron la voz,
los que osaron contradecir
al rey, vieron lenguas sedientas,
bárbaras señales; lenguas ciegas,
crepitantes, voraces,
quebrar la resistencia,
hacer agua y cenizas,
puro polvo viajero,
vieron las llamas consumir el grito,
alzar su cresta de calor,
su voz de humo alado,
el látigo crujiente de su lengua sobre el valle, erizando
los cuerpos, el material que el viento expande y desordena.
¿Por qué arrasar la tierra abandonada?
¿Cabe castigo igual por unos cuantos?
¿Por qué tratar como enemigos cielo y tierra, poblados y aldeanos?

Lo que importa es dejar la tierra lisa,
las naves en la mar,
las costas sin vecinos,
sin cobijas las plantas y los hombres.
Lo que importa es borrar lazos y sueños,
tratos y rescates,
y el pie aventurero que dormía
junto a las superficies y los árboles;
que todo quede atrás, en el olvido,
y más atrás, atrás de todo,
la tierra sola, desahibitada,
sin sombras del pasado en sus orillas.
El pasado comienza y no termina.
El pasado es el sueño que conservo,
la cicatriz que llevo en las entrañas,
nave anclada que viaja
en las aguas del tiempo que vendrá.

El pasado es comienzo.
¡Cómo duele dejar la tierra sola!
¡Cómo duele partir
o ser lanzado, adentro, tierra adentro,
dejando mar, amores, esperanzas!
El pasado no muere ni termina.
"¡Ay, el comercio, el comercio otra vez!"
Lo que importa es dejar en la memoria
el fuego con su lengua de escarmiento.
¡Que nada quede en pie, sino cenizas!
¡Que nada quede allí donde hubo gente!
¡Sólo la soledad inhabitada.
Sólo la mar repitiendo su lamento!

Entonces, entonces vi a lo lejos la tortuga
enterrando sus huevos en la arena,
para que no podamos pensar en el olvido.

IV

Contemplo la caída del tiempo,
el comienzo del cambio.
Contemplo la agonía que remonta el ocaso.
Pasa el viento.
Es un cristal temblando.
Recojo enojado sus memorias.
Pasan los costaneros con aprensión.
Cargan penas, cansancios.
Pasan hombres y bestias,
sueños y sudores.
Pasan, pasan, pasan los moradores, los poblados en ancas,
en sartas de maltratos.
Pasan todos, río arriba, tierra adentro.
Pasa toda la costa.

Pasa el tiempo,
el huracán Osorio, la ceguera de España.

Pasa ante mí la vida con sus muertos.
Este ahora que empieza en Bayajá o El Morro,
en Isabel de Torres o el Palacio Real,
entreabre sus ojos sobre el mar,
contempla la región deshabitada,
el camino cansado,
la mañana y la tarde que agonizan,
y el carrusel del colibrí,
que hace olvidar el éxodo que avanza,
susurro de las alas en el viento,
andariego plumaje que zumba y recomienza,
soltando canciones de colores al viento.

En verdad, es posible que la luna se rompa.
Pero antes, el tornado escribió con lápiz grueso:
"se va todo" y todo fue arrasado,
y el tornado,
removiendo la arena que dormía
alzó su lengua de ira sobre el predio
devastando comarcas tratos esclavos reducciones repartos encomiendas
lenguas y bestias.
El viento quedó solo,
y sólo el viento
giraba solitario en el camino.
Todo lo llenó el viento, todo;
el viento, el mismo viento, cabizbajo;
el hombre, el mismo hombre que partía.
El viento, el mismo viento es otro ahora,
y el mar, el mismo mar, desconocido.
No. No es el viento que pasa, es el idioma,
no es el mar que deplora,
son la fe, las costumbres, las raíces de antaño,
clarísimas ventanas que se cierran de pronto,
para que no podamos pensar en el olvido.

V

Del Morro a Cara Linda,
de Copey a La Ceja,
¿cuántos sobrevivieron?
Del Fuerte junto al mar
al Cruce de Boronga, ¿nació alguno?
De las playas y alturas
de Bayajá y Yaguana,
¿cuántos llegaron sanos?
¿Cántos huyeron
de las cálidas tierras
repobladas? ¿Cuántos?
¿Cuántos olvidaron el mar?
¿Cuántos perdieron la voz
y pertenencias, hábitos y amores,
o maldijeron al monarca?
¿Cuántos vieron la luna de Boyá,
o el mar del Yabacao
en los llanos,
cuando las lluvias crecen?
La costa quedó sola y vacía.
Sólo el ruido
marino parloteaba.
La nostalgia es el viento
que cuenta sus heridas,
sol herido en el agua,
rostro de mar y cielo
borrados para siempre.

VI

Alonso De La Torre, experto en tratos y rescates de vecinos,
piensa en el caluroso verano de Sevilla,
mientras suda copiosamente.
Hábil y astuto como un zorro,
evade las huestes del gobernador
y encabeza un levantamiento armado que fracasa.
Salva la vida, y como el sol antillano,
se oculta entre los matorrales y las nubes que oscurecen el monte,
La neblina, que oculta el mar
y rastrea las montañas,
y una lluvia tenaz y persistente,
cortina semoviente de finísimas hebras,
cubren el horizonte y le protegen.
"Ya habrá tiempo -piensa-, ya habrá tiempo para morir,
para extraer el oro de estas tierras,
cultivar el comercio
y volver a Madrid o Andalucía.
Quizá decida echar raíces en América,
o terminen mis días como el Gran Almirante, Lilis o Tousaint Louverture".
Bien sabe que en tales circunstancias, lo importante es sobrevivir,
sí, sobrevivir, aunque sea hediondo y con harapos,
recogiendo la escoria que el mar tira en la arena.

Después, poco tiempo después, criaba huevos de tortuga,
y esclavizó nativos y africanos,
y ya en Europa, vio estampar la firma divisoria de la isla.
Alonso De La Torre echa un nuevo vistazo al calendario.
Pasa el tiempo. Observa sus días en la colonia,
lo que llega después: la unidad, la reconquista, patria o muerte;
tantos tiempos rodando como trenes sin ruido,
tantos muertos, Dios mío, tanta sangre,
como ríos sin término en el cauce del tiempo.
"Ay, el comercio, el comercio otra vez."
"¿Qué trae el nuevo orden? ¿Cuál tiempo es el mejor?". Se pregunta
mientras hunde su cuerpo endurecido
en el timbre labrado de la tarde.
Sonríe. "Por suerte, -responde en voz baja- el tiempo,
el tiempo es indecible, y se desliza continuo,
sin sociego, sin rostro, abriendo
y cerrando los caminos del mundo.
El hombre, en cambio, gira como un trompo con cuerdas,
o permanece inmóvil, mirándose a sí mismo en el espejo".
Sonríe nuevamente. Bien sabe que ese rodar acaba.
En tanto, limpia su espada toledana. La vio batirse sola, derribando cabezas.
Bien podría adornar -piensa- la foto de Cristóbal, Dessalines o Trujillo,
o abrirle paso al invasor
que importa democracia y habla inglés,
y sobre todo comercia, compra
y vende conciencias, gobiernos,
desechos, excedentes, música, costumbres, deportes, malos hábitos,
drogas, turismo, maquiladoras, noticias y armamentos.

"En verdad, -dice el viento que pasa- en verdad, nada es nuevo;
y el comercio redondo
empieza a derramarse
como una copa de agua en la mesa del mundo".

VII

"¿Dónde estará el gobernador? Estará aún
torciendo la suerte de los otros?"
¿Dónde estará Felipe, el monarca?
La isla castigada y semoviente no le olvida.
Y Osorio, ¿dónde estará ese cabrón sin luces?
¿Estará con Carlos Conuco
sembrando yuca en El Morro?
Osorio toma un té de jengibre junto al río
y piensa, ¿piensa acaso?
Aún vive la batalla
que libró su cerebro
combatiendo con heces el comercio exterior.
El gobernador muerde las patas de la luna,
monta el caballo gris de la torpeza,
tuerce y agota el tiempo ajeno.
No sabe que la luna es redonda.
Tampoco sabe que el tiempo Osorio
es tiempo nuestro, tiempo aldea,
tornado que devasta naciones, maquiladoras, resorts y villas costaneras.
El contrabando y la pobreza siguen.
El tiempo aquel es hoy, insaciable, sin término;
este ahora global, que arropa el viento,
con lenguas y cabezas distintas.

VIII

No. No emigró el viento,
ni el mar,
ni la arisca montaña
a cuyos pies el hombre relucía.
No partió el árbol, ni la hormiga,
ni el pez,
ni la serpiente.
Ni partió el colibrí,
ni la playa ruidosa,
ni la lluvia,
ni el sol
que con la noche se fundía.

La costa siguió igual, con su hermosura
bordeando
el camino. No emigró
la iguana, ni el maíz ni la yuca:
ni la red de los ríos,
sino el pie del hispano,
sus raíces, memorias,
y las aves del canto
del lenguaje que hablamos.

Uno era el mar,
las naves y los tratos de vecinos,
uno el paño donde dormían las mariposas,
el amor andariego
y las playas doradas, blancas o dormidas.
Uno el habla y la fe,
y el pobre con sus torres apagadas.

¡Cómo duele ser dos, estar partido
en la tierra común.
Ser uno y otro,
y tantos a la vez,
juntos y separados en la arena!

IX

La palabra se ha ido, la palabra.
Marchó con Juan Mejía, Diego Hernández, Nicolás de Ayala,
los Contreras, los Núñez, los Álvarez, Lluberes,
Custodio, Fabián, Moreno, Santos, Alcántara.
(No se cuentan los esclavos ni los muertos).
Marchó a la Ceja, al Yabacao,
a "las tierras de adentro",
desde la Sierra Nana al pie de Los Haitises.
Dejó la mar, los "tratos y contratos"
y el funesto comercio de Las Indias.
La palabra se fue, iba asustada,
pájaro triste y humillado,
hundido en el sobaco, en la tarde plomiza,
en el anochecer que adormecía las plantas,
en las barbas del sol sobre los cuerpos.
La palabra se fue, dejó vacía
la soledad, huérfano el aire.
La palabra, lágrima o ventana,
puertas ávidas, ciegas,
labios tristes, espaldas como brazos dolientes,
como fuego en el lago,
breve estada de luz que entrelaza los hombres,
camino que entreúne la estrella y la raíz;
la palabra dejó los manglares, los peces, el litoral.
Cruzaba y desunía los parajes del viento,
la plegaria y el beso,
tierno contenedor de sueños y armonía,
alfombra, terciopelo, secreto revelado,
sonido que acaricia y desordena.
La palabra dejó silencios y amistades,
se recortó en el polvo, en el risco rompiente,
en el acantilado junto al mar, en el desfiladero,
en las manos que unían lentamente los hombres.
La palabra se fue por el camino disgustada,
cruzó valles, montañas, estepas, trochas, ríos, mesetas, cordilleras;
hormiga que entraba y subía,
que resurgió del polvo abandonado.
"Madre España, ¿dónde estás? ¿Por qué me dejas?
No quiero ver tu rostro de abandono en el espejo.
Torpe luz en la sombra,
escúchame, ¿por qué haces eterno este abandono?"
La palabra se ha ido, dejó la costa y la montaña,
dejó el aire del mar,
la muchacha que esparce sus látigos de oro.
La palabra se pierde en la arena del bosque,
en el río intangible del sueño,
tierra adentro, río abajo,
la palabra humillada se desplaza,
con tristeza, con sed, con escarmientos,
palabra de pie duro, de pie lámpara,
farol junto a la luna.

No. No es un niño que gime,
no es un lagarto que se desliza en el bosque,
no es una lágrima colgando del espejo.
No. Es la palabra visa, la palabra abandono,
gruesas gotas que hablan al oído.
Casi toda la luna que comienza y termina.

X

Esta vez el tiempo es más delgado.
La primavera empaña la mañana.
El pasado es un pájaro vacío,
una esfera sin aire,
un circo de coleccionistas.
Tengo dos cuerpos y un tercero.
Me abrazo con el otro.
El pasado perdura.
Le olvido, pero existe.
Le olvido
pero flota en el aire,
en la sangre perdura,
en los días que vendrán.
Ha muerto,
pero vive secretamente.
Algo pide que borre ese pasado.
Algo mío que fenece,
algo con claridad, mediodía encendido,
que opaca los recuerdos.
Esta vez el pasado está ausente,
y lo llevo en la sangre.
Le he colgado en un marco,
le guardo en el presente.
No pienso ya volver sobre sus pasos.
Estos tiempos me cansan.
Busco la paz, el crecimiento,
busco la soledad entre los vivos;
ese pájaro en vuelo
donde agoto mis bordes.
El pasado es redondo;
el presente lineal.
Esta vez van parejos conmigo.
He vuelto a ser un poco lo que era
para vivir lo que vendrá.
Hoy he nacido nuevamente.

XI

No. La isla no es un pájaro.
Tampoco las dos alas de un pájaro.
¿Quién dice que es un pájaro sin alas?
¿Quién detiene la luna?
¿Quién recoge la noche desatada?
Están tristes los pájaros.
La isla se desnuda.
Mil rostros hay en ella,
tres cabezas visibles,
cuatro lenguas,
dos torres levantadas
y un águila,
mirándolas de frente.
Están tristes los valles.
Las raíces se pierden.
Los árboles emigran.
Las Uniones del Orden remodelan el viento,
remodelan naciones.
Trazan la libertad,
la corriente del río,
la estación de las horas;
hacen cuadrado el círculo,
plano el globo;
hacen hablar las plantas en francés.
No, mejor dicho, en inglés.
Quieren que todo pase
en la isla, pero lejos,
lejos del Potomac, del Sena.
Las plantas están secas.
El mar calla. El viento dice:
"El comercio, ay, el comercio
exterior". Llegan los nuevos préstamos.
Traen chalecos, leontinas,
desechos industriales.
Se levanta la usura con sus trompas.
La pobreza se importa.
¿Es una mercancía?
Llegan las drogas a caballo,
llegan en sendas mulas,
en lanchas bucaneras,
en jeringuillas plásticas,
en escorpiones de oro;
las drogas que consumen las Uniones.
Los pájaros emigran.
La pizarra ruidosa de la mar enmudece.
No. La isla no es un ave.
Los nuevos mercaderes
llevan faldas de uva.
La isla no es un ave.
No. No es un pájaro herido,
es un resort,
una sarta de miel maquiladora,
un paisaje,
un paisaje tristísimo, ensamblado,
sin agua, sin luz propia,
sin la flor nacional de la caoba.

XII

No sé, pero empieza la vida cuando acaba.
Empieza cuando el mar ya se retira,
cuando la luna grava los recuerdos,
cuando el sol es distinto cada vez y mañana,
cuando sobre la isla dividida alguien canta,
cuando una mano estrecha otra mano encendida,
cuando la soledad de estar vivo decrece,
cuando la muerte llega solitaria,
la senectud empieza, y es corta
la estación de la vida, cuando
cambia, cambia el tiempo, la isla,
la inundación de toda la comarca se extiende
y el mar no recomienza su oleaje.
Empieza cada vez si mañana amanece,
el Yaque y el Ozama se van por la baranda,
el Masacre se funde con el Artibonito
y ya es vida y es muerte compartida;
el fantasma de Osorio tocando una trompeta,
el algodón del cielo repartiendo los cuadros.
Duarte y Luperón, y Deligne cantando
más alto, más arriba, "más arriba, mucho más".

Los dictadores pasan cabalgando
sobre el lomo de muertes colectivas,
llevan sus cortesanos con sus loas.
Los caciques de ahora
se enjabonan con cal embadurnada
con saliva, democracia y mentiras.
Las Uniones se juntan
compran, venden, diseminan
sus huevos, por dentro, desde arriba:
ay, el comercio, vértebra de la usura,
otra vez el comercio,
redondo y alargado como un pez;
la pobreza cegando los milagros,
las drogas con sus torres de miseria,
nuevas tecnologías como nuevas cadenas.
No sé. Pero empieza la luna con sus cantos,
empieza este vivir desparramado
y oigo sólo el sonido del pasado que avanza
y sueña en la ventana de la casa.
Después, después vendrá la mañana,
con su cesta de huevos de tortuga en las manos,
para que no podamos pensar en el olvido.